Casi cotidianamente me encuentro con gente que me dice "yo soy católico", "fui al colegio de curas" "o de monjas". O bien "me bauticé en tal parroquia" o "me casé en tal otra", "en Pascua voy a misa", "tengo una Biblia hermosa en lo biblioteca", y muchos otros que hablan de la medallita, de la estampita, que hicieron la primera comunión, etc. etc.
Incluso en el encuentro con hermanos y hermanas que comprometidamente dan algo de su tiempo en parroquias y movimientos...
Pero cuando miro como vive, como piensa, como actúa... aunque sea buena persona, me pregunto en qué se distingue, en qué se diferencia de alguien que no es siquiera creyente pero que a la vez también es buena persona.
¿Hay un plus existencial que marque el seguimiento de Jesucristo?
Ciertamente, lo que define a un cristiano, es el seguimiento de Jesucristo, es su experiencia, su vivencia de que solo en Jesucristo hay palabras de vida eterna, que solo en Él encuentro plenitud.
Ahora bien, es ésta la situación en nuestra comunidad cristiana. La enseñanza catequística, las "homilias", la reflexión bíblica (escasa) en grupos, el magisterio ordinario, la aparición de los obispos en los diversos MCS, qué dirección tienen?
No es intención de éstas líneas realizar un tratado de espiritualidad, pero sí desenmascarar algunas prácticas que nos "atan" como creyentes y no nos permiten, descubrir a Jesucristo camino, verdad y vida.
Forma parte de nuestra historia religiosa, de nuestra cultura religiosa, el paradigma católico al que muchos refieren a la hora de "arreglar sus asuntos con Dios".
El paradigma sostiene, y es retroalimentado permanentemente, que la vida cristiana tiene un centro identificado por un lado, con:
a) La triología bautismo-comunion-matrimonio, pero no en la dimensión teológica profunda que debería sucitar, sino a modo de "sello", o requisito indispensable "nulla salus", es decir el supuesto por excelencia.
Ritos de los cuales nadie debe obviar sin ser considerado un anatema o deambular con una carga de frustración social.
En el caso de la comunión sea esta de primera o segunda categoría ya se realice en parroquia o capilla, santuario o colegio católico, ocupa un lugar preponderante y a veces único en la pastoral parroquial.
En donde los "niños cautivos" de los antojos culturales de madres y abuelas preferentemente, deben transitar durante dos años, a modo de ritual de iniciación tribal, por los senderos de una propuesta de lo más heterogénea en materia religiosa y moral (sin hacer en este espacio disquisiciones sobre los contenidos).
"Cautivos" también de la carga de exigencias dominicales respecto de la Misa que salvo escasas excepciones, son para los chicos un veradero tedio, que marcará de aquí en más que ser cristiano, es ciertamente la cosa más aburrida que hay. Tan aburrida que ni su propios padres, o la mentada abuela, participan de ese rito, que no llega como dije, a ser nunca una celebración.
Curiosos resultan los comentarios los padrinos, y padre del futuro bautizado, como así también de los novios que se preparan para su matrimonio.
Catequésis previas a los sacramentos que vuelven a confirmar las primeras experiencia religiosas de la infancia: "ser cristiano es la cosa más aburrida que hay".
b) Un segundo momento de este paradigma está basado en el miedo, como matriz religioso-católica.
Dios es, aún hoy , un Dios de temer. Mi comporta-miento religioso y moral (obviamente en clave oficial), determinan mi karma a futuro.
Mis enfermedades y las de los seres queridos, si llueve poco o mucho, sí me va bien o mal, etc. todo se vincula a Dios con una frescura digna de compa-sión.
La relación con el Padre de Bondad, Ternura y Misericordia termina siendo castradora de la conciencia de libertad a la cual hemos sido llamados. En este caso la experiencia religiosa es frustrante para muchos y los cristiano pasa a ser inviable.
c) Un tercer momento en la matriz espiritual subyacente, es la mágica. No la que brota de las raíces, del ADN cultural latinoamericano en su encuentro con lo divino. Sino aquellas que son promovidas por el culto oficial y muchas otras que son vista de reojo por no controlar la caja.
Me refiero fundamentalmente a la tergiversación que se ha hecho de la Eucaristía como memorial de la Pascua. Sí ayer, la "misa", término ambiguo para denominar lo mejor de lo cristiano, estaba vinculada a ritos funerarios, hoy también, pero le han agregado nuevas e interesantes facetas de convocatoria (de recaudación tantas veces), en torno a santos y santas, vírgenes que aparecen y desaparecen, que desatan los nudos, lloran sangre, hablan en castellano antiguo y anuncian catástrofes y miserias para los que no se convierten, misas de sanación, de exorcismos, etc. etc. diluyendo, oscureciendo el Misterio que las comunidades cristianas de la primera hora nos han dejado.
Lo cristiano se identifica aquí, con una serie de ritos, que realizados por "algunos carismáticos" obra "milagrosamente" en la realidad que se desea modificar. Cuando el fenómeno resulta, la cuestión económica también.
Repasemos hasta aquí, que se entiende por ser cristiano en la conciencia colectiva de nuestro pueblo: Ser cristiano es aburrido, ata mi conciencia por el miedo, pero me resuelve mágicamente algunos aspectos de la vida.
En todo este horizonte la cuestión social y compromiso socio temporal queda reducido a hacer alguna "obra buena y piadosa".
¿Entonces la espiritualidad cristiana está condenada a este paradigma?
¿Cuáles serían las claves para un espiritualidad creyente, que a la vez sea liberadora y plenificante?
¿Es posible identificar un estilo para ser propuesto universalmente, aunque en esto de la espiritualidad cada uno a de beber en su propio pozo?
Siguiendo el camino de síntesis vamos a tratar de identificar tres claves, no las únicas, que debería tener una espiritualidad evangélicamente posible.
Ellas son: Encuentro con Jesucristo. Gratuidad. Alegría.
a) Encuentro con Jesucristo en el caminar de la historia y de las historias cotidianas.
Todo encuentro con Jesús se da siempre en el marco comunitario, Él es la revelación de Dios a un pueblo, es la comunidad en su conjunto la que va develando la presencia del maestro en medio nuestro: Dos o más reunidos en su Nombre. Es el camino hacia Emaús desandado en la nostalgia de lo que pudo ser y no fue. Es el encuentro, asadito de por medio, en la orilla de nuestras derrotas. Es el encuentro pacificador en medio de la noche oscura de nuestros problemas, cuando somos sacudidos por las olas y el viento de las injusticias, la enfermedad, la soledad o la discriminación. Es el encuentro fraterno con el está hambriento o sediento o vive a la intemperie. Es en definitiva el encuentro al mediodía de nuestra vida con quién es capaz de develarnos nuestra propia y sedienta historia y devolvernos la humanidad perdida.
La dimensión comunitaria de la fe redescubierta, después de siglos, con ocasión del Concilio Vaticano II, es motivo de alegría y esperanza para la recuperación de la Iglesia del inicio. Gustavo Gutierrez dice que esta dimensión es "un componente eclesial básico en el camino según el Espíritu".
Cuando una comunidad se preocupa de leer los signos de los tiempos, de leer la vida cotidiana, comienza a descubrir esta presencia prometida de Jesuristo:"Yo estaré siempre con ustedes". Cuando una comunidad hace Memoria en la Eucaristía, y se da tiempo para vincular el acontecimiento pascual con su vida, cuando más que rito es celebración, cuando mas que precepto a cumplir es fiesta a vivir, cuando más que ceremonia hierática es asamblea fraterna, entonces se da el encuentro liberador, "A quién iremos solo en vos hay Palabra de Vida Etena", no murmuración como en el desierto, no silencio traicionero como en la sinagoga, no rubricismo, sino que hay comunicación plenificante, agua que sacia definitivamente la sed de la comunidad.Cuando uno en la comunidad hace Memoria, y se descubre comensal de una misma mesa, cuando percibe la hondura del Amigo, la invitación a partir el pan que da Vida, el comer-comunión es la resultante obvia.La acentuación comunitaria no anula la dimensión del encuentro personal, sino que la legitima y ambas me parece son las caras de una misma moneda.
b) La gratuidad como apertura existencial.
Quien es agradecido, lo es, porque reconoce los dones recibidos, reconoce que lo que es y lo que tiene es todo don. Quien asume compromisos con los más pobres lo hace, porque se sabe bendecido y que los panes y peces puestos en común siempre alcanzan y sobran. Quien no se cierra a los demás, porque reconoce que hay algo que le falta y que el otro se lo puede dar.La parábola del Buen Samaritano es quizás una de las claves más concretas de la espiritualidad cristiana y un modelo acabado de lo que no es . La austeridad del relato del evangelista Lucas nos aporta una fotografía tremenda de los tipos de espiritualidad y cuál es el resultado.La existencia en clave de gratuidad nos abre a Dios y al próximo, se detiene ante el hermano, no se desentiende, no ideologiza, no hace cálculos, no se justifica, simplemente se hace don para el otro.Padre te alabo porque has revelado estas cosas a los pequeños y porque son Bienaventurados los pobres de espíritu.La apertura confiada a lo que Dios puede hacer en mi vida, llevó a Carlos de Foucould ha recitar "Padre me pongo en tus manos haz de mi lo que quieras, sea lo que sea te doy gracias..." Vivir satisfechos como el agricultor insensato con sus graneros completos, nos lleva a cerrarnos a la posibilidad de la actuación gratificante del Padre en nuestra vida. La cultura consumista tiene esto mismo de insensatez. De correr y de abatirse por muchas cosas, como Marta en el evangelio de Juan, descuidando la dimensión gratuita de la vida, la del compartir la vida con el Otro y los otros en las multiples expresiones comunitarias y personales que existen a traves de las diversas celebraciones de la vida.
c) Y como tercer momento o clave, la dimensión de la Alegría.
Así como indiqué que el paradigma vigente denostaba una cierta tristeza, debo indicar categóricamente que la Alegría es la prueba de fuego de una espiritualidad centrada en Jesucristo.Como Pablo en la carta a los filipenses "Esten siempre alegres en el Señor, les repito, estén alegres. Que todo el mundo los conozca por su bondad..." Fruto de la evangelización española e italiana, la mística cristiana ha quedado teñida de rojo carmesí, al mejor estilo de la película de Mel Gibson, La Pasión. Cómo no recordar aún, la tragedia de la Semana Santa, donde el Viernes Santo brilla más que la Vigilia Pascual y de hecho convoca a los Via Crucis y representaciones de la Pasión más que la misma liturgia de la noche pascual.Cómo no olvidar las lloronas españolas en las procesiones de la Dolorosa y tantas otras... convenzámonos la espiritualidad ha quedado impregnada a sangre y llanto...Cómo no recobrar la alegría de la Pascua, la misma que experimentaron en el Cenáculo los apóstoles ante la presencia del resucitado!!! No me basta que me digan del dolor y aflicciones de nuestro pueblo pobre identificado con la cruz, para avalar el escenario montado durante siglos. También nuestro pueblo conoce de las fiestas y las alegrías para olvidar tanta pena y sentirse juntos en el camino de la vida, y no veo mucho esfuerzo en la pastoral clásica de reivindicar estos espacios de fiesta sino con ocasión de recaudar fondos...Porque no celebrar con igual o mayor énfasis la victoria sobre la cruz, que la misma derrota de la cruz. A nadie se le ocurriría recordar a su seres queridos ya difuntos con la foto de la terapia intensiva, sino con la del mejor traje de gala en una foto sonriente, tomada en una fiesta significativa de la familia. Pero no, la iglesia oficial se ha empeñado en promover más la muerte que la vida.No será por eso que muchos reniegan de lo cristiano? Nos han programado para vivir en clave de duelo permanente y de alerta frente a las situaciones de pecado. Pero poco se ha dicho de estar alertas a las invitaciones, a las ofertas de gracia que el Padre nos da. Hasta tenemos cierta conciencia pecaminosa si nos afanamos por vivir en la serena alegría de las certezas pascuales.
Pero digámoslo bien alto: la tristeza ya no tiene lugar, la pena ha sido vencida y el futuro humano se abre en un gran abanico de esperanzas que solo hay que saber apropiarse.Velorios cristianos presididos por cruces que dan lástima, por llantos y lutos que denotan la desesperanza, "misas" de difuntos que suenan más a reparación de los parientes que anhelo de eternidad para el peregrino pascual. Hoy deberían ser las imagenes de una vieja postal.La espiritualidad genuina siempre denota alegría y esperanza, nunca da lugar a para la lástima, ni motivo para la derrota... he aquí el rol que la comunidad tiene de cara a la animación de los hermanos y hermanas, para seguir andando nomás.
El triunfo de Jesucristo sobre la muerte y sus socios es el motivo de la alegría cristiana, en el pregón pascual decimos "dónde está muerte tu victoria", la comunidad debería ser el ámbito en el que nos recordamos estas cosas para que cuando el dolor, la amargura o la tristeza nos quieran morder, allí estaremos resistiendo y apoyándonos mutuamente.Hasta aquí breves consideraciones sobre la espiritualidad, que en absoluto agotan el tema, son simples líneas escritas en el silencio de la noche de quien día a día intenta construir un pedacito del mundo para que sea posible para los que allí viven. Restaría dar algunas pistas sobre los medios para esta espiritualidad que propongo.Hasta la próximaTomás
